La Capilla

Que transformó la catedral

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A primera vista vemos a una madre con su hijo. Pero un cristiano de la Edad Media veía mucho más.

Las esculturas medievales no se concebían únicamente para ser admiradas. Cada gesto, cada postura y cada detalle transmitían una verdad de la fe a la sociedad.

La imagen de la Virgen de los Ojos Grandes es un magnífico ejemplo de ese lenguaje. Se trata de una de las representaciones marianas medievales más destacadas conservadas en Galicia.

Su datación sigue siendo objeto de estudio: mientras algunos investigadores la sitúan en el siglo XIII, otros consideran que pertenece ya al XIV. Más allá de ese debate, existe un amplio consenso sobre su extraordinario valor histórico, artístico y devocional.

María sostiene a Jesús mientras lo amamanta. Es una representación conocida como Virgo lactans, la Virgen de la Leche, muy difundida durante la Edad Media.

Al mismo tiempo, María aparece sentada con la dignidad de la Sedes Sapientiae, el Trono de la Sabiduría. En ella se unen la majestad de la Madre de Dios y la ternura de una madre que sostiene a su hijo.

No es extraño que esta representación ocupara pronto un lugar destacado en la vida de Lugo. Ya en el siglo XIII, las Cantigas de Santa María de Alfonso X recogen un milagro atribuido a Santa María de Lugo. Más tarde, la tradición que vincula a san Pedro de Mezonzo con la Salve Regina, aunque no pueda demostrarse, refleja la profunda presencia de María en la identidad espiritual de la ciudad.

Mucho antes de que los lucenses la llamaran Virgen de los Ojos Grandes, la imagen ya transmitía su mensaje: la ternura de una madre y el misterio de Dios hecho hombre.

Por eso no es solo una destacada escultura medieval, sino el rostro con el que generaciones de lucenses se han dirigido a María.

Pero la historia aún guarda otro descubrimiento: el lugar donde hoy la contemplamos no fue siempre el suyo.