La respuesta está en el lenguaje simbólico con el que la Iglesia ha leído y explicado la Sagrada Escritura desde los primeros siglos.
Los símbolos que aparecen en la capilla no nacieron de la imaginación de los artistas. Proceden de la propia Biblia. A través de ellos, la liturgia, la predicación y los Padres de la Iglesia fueron descubriendo cómo determinadas imágenes del Antiguo Testamento ayudaban a comprender la misión de María en el plan de salvación.
Por eso la Virgen es comparada con un jardín cerrado, una fuente sellada, una torre firme, un cedro majestuoso, una estrella o un espejo sin mancha. Ninguna de estas imágenes pretende describir sus rasgos físicos.
Todas expresan alguna dimensión de su misterio.