La Historia De

Los simbolos

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Si la capilla cuenta la historia de la salvación, surge enseguida una nueva pregunta.

¿Por qué un jardín, una fuente, una torre o una estrella pueden hablar de María?

La respuesta está en el lenguaje simbólico con el que la Iglesia ha leído y explicado la Sagrada Escritura desde los primeros siglos.

Los símbolos que aparecen en la capilla no nacieron de la imaginación de los artistas. Proceden de la propia Biblia. A través de ellos, la liturgia, la predicación y los Padres de la Iglesia fueron descubriendo cómo determinadas imágenes del Antiguo Testamento ayudaban a comprender la misión de María en el plan de salvación.

Por eso la Virgen es comparada con un jardín cerrado, una fuente sellada, una torre firme, un cedro majestuoso, una estrella o un espejo sin mancha. Ninguna de estas imágenes pretende describir sus rasgos físicos.

Todas expresan alguna dimensión de su misterio.

El jardín habla de la vida que Dios hace florecer. La fuente recuerda el origen de la gracia. La torre evoca la firmeza de la fe. El cedro sugiere fortaleza y permanencia. La estrella orienta hacia Cristo. El espejo refleja la santidad que recibe de Dios.

Cada símbolo ilumina un aspecto distinto. Todos juntos forman un único retrato.

Durante los siglos XVII y XVIII este lenguaje alcanzó una extraordinaria riqueza. Libros como el Pancarpium Marianum, del jesuita Jan David, reunieron y difundieron por toda Europa este amplio repertorio de símbolos marianos, convirtiéndose en una referencia para numerosos programas iconográficos.

La capilla de la Virgen de los Ojos Grandes pertenece plenamente a esa tradición.

Comprender sus símbolos es descubrir que aquí nada está colocado al azar. 

Cada escultura, cada pintura y cada inscripción forman parte de un mismo proyecto pensado para ayudar al creyente a contemplar el misterio de María a la luz de toda la Sagrada Escritura.